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Miedo al miedo

Tenía 27 años cuando viajé por primera vez en avión. Recuerdo perfectamente el momento: estaba emocionada, nerviosa y, justo cuando dejamos de tocar tierra firme, solté algunas lágrimas de saber que había cumplido uno de los sueños más grandes de mi vida hasta el momento; de pensar que estaba lejos del suelo, que lo había logrado, que nunca más tendría que imaginarme cómo era subir a un avión, el despegue, el aterrizaje…No tenía miedo, estaba nerviosa, pero era de esos nervios felices, que te dan cuando la emoción te embarga tanto, que tienes que soltarla con todo el cuerpo.

Desde aquel momento he volado ya muchas veces, sin embargo, no recuerdo el momento exacto en el que volar comenzó a darme miedo. Seguramente, en alguno de esos viajes, mi inquieta mente se preguntó cómo era posible que un artefacto de metal se sostuviera en la nada con tanta gente dentro; seguramente también sentí que el avión se venía abajo en alguna turbulencia; tal vez vi algún documental de esos terribles en el que ningún pasajero queda vivo después de un accidente aéreo. No lo sé.

Lo que sí sé es que no importa cuántas veces vuele ni qué tanto me acostumbre a la sensación, porque irremediablemente, en algún punto del viaje, sudaré frío, miraré a los sobrecargos para tratar de leer en sus rostros alguna posible anomalía, algún gesto que me indique que sí, que las cosas andan mal y que el piloto no tiene ni idea de qué hacer con el artefacto.

Justo en este miedo meditaba la última vez que subí a un avión, hace apenas cinco días. Me detuve un momento y me di cuenta de cómo los seres humanos usamos el miedo en realidad para protegernos, para estar alertas por si las cosas se ponen peor, para correr, para llorar, para abrazar o para gritar.

Claro, el miedo nos ayuda a estar pendientes, nos altera los sentidos para avisparlos en caso de ser necesario, nos alarma sobre el peligro…

El problema es que el miedo no filtra. No sabe que puede ser ilógico, de hecho, su naturaleza es irracional. Se acciona con un pensamiento, con una frase, con un gesto y sí, también (y con más ganas) con el peligro real.  (Continúa abajo)

Uno se acostumbra a la sensación de temer, porque en el fondo es una sensación de protección. -“Si tengo miedo, entonces estaré alerta”-, parece que nos decimos constantemente y el problema es que esta sentencia la adoptamos no solamente cuando estamos en real peligro, sino para muchas otras cosas y situaciones en la vida.

Adentrada en este pensamiento y en pleno vuelo, practiqué por un momento la sensación de no tener miedo de estar en el avión; me imaginé al piloto riendo y tomando café, mientras las nubes se abrían como algodones de azúcar a su paso; suspiré profundo e imaginé también que disfrutaba de la sensación, que era maravilloso encontrarme a miles de metros sobre la tierra y sobre el mar, que eso era bello y que yo era afortunada.

El miedo desapareció.

Y cuando me di cuenta de ello, simplemente me sentí desprotegida, como si alguien se hubiera llevado mi escudo y me encontrara indefensa. ¡Extrañaba MI miedo! ¿Por qué se lo llevan? ¿Quién va a cuidarme ahora?

Es cierto. Acostumbrarse al miedo es relativamente fácil. Es una forma de evadir, de no probar, de justificar por qué no hacemos esto o aquello, de dejar de intentar, de soltar lo que aún no tenemos.

La verdad es que también podemos acostumbrar a nuestra mente a no tener miedo, sólo que esa sensación es muy incómoda al principio, es más fácil seguir sintiendo miedo porque es el territorio conocido, es la voz de algún adulto diciéndonos de niños: -“no te subas ahí que te vas a caer”-.

Desde ese día, he reflexionado sobre el GRAN poder que le damos todos los días al miedo, a tal grado que lo hacemos nuestro amigo, nuestro compañero de bolsillo, el que no puede faltar en una aventura nueva, cuando queremos atrevernos a hacer algo o cuando el camino es desconocido. Debo decir también que, durante el último mes, la vida se ha encargado de ponerme en situaciones que me dan particular miedo y que no sólo tienen que ver con el avión, sino por ejemplo, con aventarme de un tobogán que desemboca en pleno mar, jugar gotcha o lanzar un proyecto laboral nuevo.

No quiero decir con esto que el miedo deba desaparecer, pues lo necesitamos para saber cuando las cosas realmente están saliendo mal y protegernos; tampoco digo que debamos hacer algo que no nos guste o nos incomode. De ninguna forma (creo yo) estará bien pasar por encima de nosotros mismos para demostrarle nada a nadie.

Sólo digo que, de vez en cuando, está bueno probar lo nuevo, aventurarnos a perder el control y callar al miedo para atrevernos y saber qué se siente. Tal vez no sea tan mala idea pensar, cuando el miedo nos visita y sabemos que es un poco ilógico su discurso, que todo está bien y que nos podemos relajar y disfrutar.

Yo probaré imaginar, cada vez que me suba a un avión, que el piloto se encuentra tan relajado y seguro de lo que hace, que va en cabina contando chistes a los sobrecargos. A ver qué siento.

Y hablando específicamente del miedo a volar, cierro con una frase de un gran artículo del también grande Gabriel García Márquez:

“…el verdadero temeroso del avión no es el que se niega a volar, sino el que aprende a volar con miedo”. Artículo completo aquí.

Tal vez lo único a lo que deberíamos tenerle miedo, es al miedo mismo.

¿O qué piensas tú?

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