Los Dichos de la Abuela: “No por mucho madrugar, amanece más temprano”

Como uno de tantos días, me encontraba “estacionada” en el tráfico de la ciudad de México, poniéndome más nerviosa a cada minuto, suponiendo que no iba a llegar a mi cita y deseando tener una varita mágica que quitara a todos los que me estorbaban, pusiera los semáforos en verde y me dejaran avanzar para cumplir con mi compromiso.

-“Y luego de eso, tengo que salir corriendo para llegar con mi doctora, pasar por unos plátanos, ir a la tintorería y llegar a mi reunión de la tarde, pero claro, antes tengo que pintarme las uñas, que las traigo hechas un desastre”-, pensé estresada mientras, ciertamente, me comía el esmalte restante de la uña del dedo chiquito de la mano izquierda.

Resulta que el día iba iniciando y yo, ¡ya estaba cansada nomás de pensarlo!

Como el semáforo seguía sin avanzar, me quedé mirando al infinito (que resultó ser la Torre de Pemex) y envidié a mi madre, a mi abuela, y a todas aquellas personas que no corrían, y que si lo hacían, no se impacientaban como lo estaba yo haciendo en ese momento, no tenían ese nerviosismo por hacerlo todo, por cargarse de compromisos que resultan inhumanos (porque, hasta donde yo sé, ellas y yo seguimos contando con las mismas 24 horas en un día, nomás que yo me comprometo a hacer cosas y citas como si el mío fuera de 48). Esas personas de tez noble y mirada pausada como su respiración, como su día.

Y las (los) envidié cañón.

Luego me puse a pensar que yo no era la única persona a quien no le alcanza el tiempo. Si me remitía a mis amigos cercanos, a mis conocidos, a la señora del auto de al lado y a casi cualquier otra que conociera en esta ciudad, me daba cuenta que estábamos sumidos todos en esta vorágine de hacer mil cosas a la vez, de lograr la mayor cantidad de metas empleando el menor esfuerzo y tiempo posibles, basados en la inmediatez como valor destacado por el que hay que pelear cada segundo del día.

Me hizo sentido.

Sí, porque no sólo es que nos carguemos de compromisos, es que la cultura de la inmediatez nos ha llevado más allá, nos hemos dejado seducir por las mieles de la reducción de tiempo en todo, teniendo como consecuencia el poco disfrute, el poco ánimo, la fatiga extrema y tantos males que nos aquejan día con día, segundo sagrado a segundo sagrado.

Fatiga extrema: consecuencia de la cultura de la inmediatez

¿Y cómo es que vivimos en la cultura de la inmediatez? Aquí algunas de mis reflexiones (a ver si las compartes):

  1. Comprando productos milagro o aparatos de ejercicio que prometen quitarnos los gordos de la espalda (y de todos lados) en sólo 10 minutos diarios, con el mínimo (o a veces nulo) esfuerzo.
  2. Pidiendo que los libros sean cortos, compilados o mejor, aquellas versiones que recopilan “lo mejor de”, así no tenemos que leer y disfrutar a un autor, acompañados de un café o de una copa de vino (¡que te digo que no hay tiempo!)
  3. Impacientándonos si el semáforo no avanza, si el archivo que queremos no se descarga en un “click”, si el facebook o el twitter se cae (de eso sí que Dios nos guarde), o si el cajero del Oxxo nos dice: “en la otra caja le cobran”.
  4. Comiendo rápido, mal e instantáneo. Cosas (sí, cosas, porque de alimento tienen poco) en vasito, en la calle, de pie, en el auto. Quitándole ese encanto al ritual de la comida, desde su preparación hasta su disfrute.
  5. Poniéndonos en la carrera del empleo, del éxito, del acumulo económico, corriendo por ser directores (o al menos gerentes) antes de los 30 años, y tener una casa, y un auto, y una buena “charola” que presumir, aunque con ello nos saltemos el disfrute de muchas otras cosas, aunque después no haya con quien habitar esa casa, o si l@ hay, l@ veamos muy poco, porque la carrera es tal, que en la desesperación nos olvidamos de la pasión.
  6. Permitiendo (y peor, poniendo el ejemplo), que l@s niñ@s actúen como pequeños tiranos: “quiero esto y lo quiero ahora”, parecemos recitar todo el tiempo, y ¿adivinen quién retoma nuestras presurosas y estresadas actitudes?
  7. Y si desafortunadamente, resulta que alguien no “sirve” para un empleo, si nuestras relaciones fallan, si las personas no responden a esta carrera absurda, simplemente pueden ser “separadas” del camino, pues en la cultura de la inmediatez las personas nos volvemos cada día más desechables y sustituibles.
¿10 kilos en 10 minutos? Claro ejemplo de la cultura de la inmediatez
Correr para un cargo, para una carrera, para avanzar más y más rápido cada vez.

Todo debe ser rápido. No hay tiempo para pensar.

El semáforo por fin se puso en verde y pude avanzar, sin embargo, me detuve en la reflexión de cómo, por estar tan acelerados y metidos en el sistema, hemos ido desvalorizando los procesos (desde hacer una comida en casa, hasta desarrollar un nuevo negocio, o aprender a tocar un instrumento), los cuales requieren del paso de la creatividad, el tiempo, el esfuerzo, la voluntad y la pasión como ingredientes principales; pues como bien decía mi abuela:

“No por mucho madrugar, amanece más temprano”

Yo me estoy dando cuenta que la cultura de la inmediatez limita mi creatividad, mi inventiva y esos hermosísimos minutos que antes la gente se permitía simple y sencillamente para “no hacer nada”, para entregarse a la ensoñación, a la contemplación, a la reflexión meditativa que transcurre sin tiempos y sin interrupciones, donde se descubren aptitudes, donde uno se encuentra a sí mismo y a sus gustos, aquel sitio de paz que, a mí al menos, cada vez me está quedando más lejano, por mucho y muy presuroso que corra o maneje.

Quiero darme el tiempo de hacer una foto, de coserme un vestido con holanes y encaje, de moler los 4 mil chiles que lleva el mole poblano, de echarme “de reversa” si algo no me gusta o no me llena, de ponerle tiempo, dedicación y concentración a cada cosa que haga (o si no a todas, porque reconozco que antes debo practicar mucho), al menos de intentarlo una vez al día, y luego dos veces, y así sucesivamente hasta que se me vuelva un hábito.

¿Verdad que suena lindo?

Ahora, lo verdaderamente retador es practicarlo, porque si algo debo reconocer es que pareciera que el mundo nos “empujara” a correr, y si no lo haces, entonces estás fuera de la competencia. Porque ¡claro! nuestra vida se ha vuelto una carrera, una serie de actividades encadenadas e impostergables, de mensajes en el celular, de llamadas, de compromisos que no esperan, de ventas que, de no ser atendidas aquí y ahora, simplemente se esfuman porque otro, que sí vaya por la vida como desesperado, va a llegar antes.

Tal vez, el primer y pequeño pasito que podemos dar es, al menos, estar alertas.

Y quizás estar alertas signifique preguntarnos, cada día, si las acciones y la corretiza que le atribuimos vale la pena, en el sentido de que nos llene de plenitud, de que sea necesaria, pero sobre todo, de que sea apasionante, de que nos acerque a quienes queremos ser y nos una a quienes amamos. Yo sé que suena bien romántico, y que sacar la basura es una tarea diaria que no precisamente va a elevar mi espíritu, pero lo que sí va a hacerlo es que, tal vez, en lugar de llenarme de compromisos, pueda tomarme 5 minutos para revisar mis actividades, establecer prioridades y brindarle más tiempo y de mayor calidad a las personas y no a las cosas, a las pasiones y no a las desesperaciones.

Porque, la verdad, estaría de terror llegar al punto de que, entre tanto acelere, la ciencia también llegue a apresurar, algún día, la propia gestación del ser humano.

 

Y ahí sí que Dios nos agarre confesados… (y tranquilos, de preferencia).

Y tú… ¿vives en la cultura de la inmediatez? ¿Qué reflexión agregarías?

¡Compárteme y desaceleremos juntos!

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