Los Dichos de la Abuela: “Están viendo el ruego y no se hincan”

Salía del baño de mujeres (igualito que la canción, con la excepción de que yo soy niña), donde unos segundos antes había visto a una mujer joven pelearse con un pañal y un bebé en el cambiador. El bebé lloraba y ella le consolaba con el típico agu gu tata, limpiándole el traserito con cuidado, llenándole de besos, dándole calor.

Acaricié mi panza de nueve meses de embarazo y en ese momento, una avalancha de emociones se vino sobre mí, suficiente como para enterrarme viva. Al caos emocional le sucedieron lágrimas abundantes que por supuesto no le pude ocultar a mi pareja, quien al verme de regreso en la mesa donde comíamos se quedó con cara de plato, observando cómo yo me desmoronaba ante él por sepa Dios qué razón.

 -“Es que yo no puedo, en serio que no puedo”-. Le dije.

-“¿No puedes qué?”-. Me contestó aún más sorprendido, sin abandonar los ojos de plato.

Y realmente lo que yo quería decirle era lo incapaz que me sentía de afrontar este nuevo reto de ser madre, de cómo había visto un bebé en el baño y, cuando me imaginé en esa misma situación, simplemente no me vi teniendo una criatura en mi regazo, buscando mi pequeño pecho para ser alimentada; quise decirle que no entendía cómo todas esas mujeres, que en ese momento abarrotaban el centro comercial con uno, dos, tres o hasta cuatro niños, se veían tan a gusto, tan sin panza, tan en su papel de madres. ¿Cómo lo hacían? ¿Acaso había un chip que a mí se me había extraviado unos minutos antes? ¿Lo había dejado en el baño justo antes de salir?

 

Y me sentí culpable.

Porque de antemano sé de muchos casos de mujeres que quieren ser madres y no pueden. Porque no he dudado ni por un solo momento que la sensación más increíble que ha sentido mi cuerpo son los movimientos de ella; que mis manos y pies hinchados hablan de una circulación ya lenta y obstruida, pero que eso no me ha impedido lavar y doblar su ropita, y acomodar su cuarto, e imaginarme enseñándole los colores y las letras.

 

Sin embargo, el peso de lo desconocido es, a veces, abrumador

Porque no sólo es el hecho de pensar a dónde voy a poner a Julieta cuando nazca (y no me refiero a dejarla en su Moisés, sino a qué hacer con ella todas las horas de todos los días), me refiero también al hecho de preguntarme si algún día seré nuevamente dueña de mi cuerpo, de mi nariz (la cual está tapada 23 de las 24 horas del día), de comer chile (el cual ahora nomás de olerlo me provoca agruras), de dormir boca abajo, de dedicarme a escribir por muchas horas…en fin, de MI VIDA.

 

Y es que la verdad, una se agobia

Imagínate tú que, aunado a todo este mar revuelto de emociones, sensaciones y preguntas, se unen tooooodos los comentarios de las demás mujeres que ya han sido madres, los cuales, por supuesto, son siempre bien intencionados (en serio que sí, y que no lo escribo por hacerles el falso halago), pero que son muy diferentes los unos de los otros:

 

“Dale leche materna hasta que pueda venir corriendo a alzarte la blusa y alimentarse sola”.

“Ay, amiga, la fórmula es lo de hoy. Eso de la lactancia nomás te agrieta los senos, sangras y de todas formas terminas con la mamila. ¿Para qué hacerte el camino tortuoso desde el inicio?”.

“Parto natural, por supuesto. Con dolorzaso y todo, ¡que se vea para qué está hecho el cuerpo femenino! ¿Pues cómo es que parían nuestras abuelas? Llamaban a la partera, se agarraban de un árbol y ¡ahí va el chamaco!

“Obvio cesárea y programada. Ese día te alacias, te maquillas, empacas con tranquilidad y al siguiente, despiertas con tu ángel en brazos. ¿Como por qué no aprovechar los avances médicos si ya existen y para eso se hicieron?

Ahora sí que, como decía mi abuela:

“Están viendo el ruego y no se hincan”

Y que conste de nuevo y venga un notario a dar fe de que por ningún motivo minimizo ninguno de estos consejos, mi punto aquí es puro y mero desahogo, sólo porque, a días de dar a luz, ando de un abrume y una lágrima fácil difícil de explicar, en el que las preguntas y las dudas surgen naturalmente durante el día y durante la noche, ligadas a mi insomnio, mi nariz tapada, mi circulación obstruida y mis lentos movimientos.

No, no sé si esto le pasa a todas las mujeres…

Supongo que a algunas sí y otras sólo parecerán “popote con nudo”, y serán princesas que, al siguiente día de dar a luz, llegan a su casa como ángeles, con el cabello perfecto y el niño más, con unos senos de color rosa, redondos, perfectos, llenos de leche materna, de donde su bebé se prende hasta con encanto, mientras ellas retocan el lipstick rojo de sus labios.

En fin…que no está una para juzgar la vida de nadie (apenas y puedo con la mía). Lo que sí, es que durante estos nueve meses de embarazo que ya casi terminan, yo he experimentado algunas verdades que quiero compartir, expresar, escribir (porque si no lo hago en serio que voy a reventar y no precisamente por dar a luz):

 

Mis netas sobre estar embarazada

Mis netas sobre el embarazo
  1. El embarazo es el reto físico y mental más grande que he experimentado:No, ni cuando me entrené para correr mis primeros 10 kms después de una vida sin hacer deporte, ni cuando me desvelé estudiando la maestría, ni cuando presenté aquél proyecto frente a los directivos de la empresa. NADAse ha comparado en mi vida al hecho de estar embarazada, de sentir cómo mi cuerpo cambia sin yo hacer nada, de sentir este cansancio extremo que corta mi respiración, de ubicar (pareciera que con radar) el baño de cualquier lugar, porque mi niña aplasta mi vejiga. Fuertes son las madres, fuertes se hacen en el proceso, en serio que sí.
  2. Las embarazadas somos susceptibles, ¿por qué nos tratan como si no lleváramos una vida dentro? Resulta que yo me imaginaba siendo la reina de todos lados, viendo cómo los señores me daban el asiento, cómo las personas hacían lo posible por no empujarme, cómo las mismas mujeres se solidarizaban de mi vejiga aplastada en una de esas filas interminables para ir al baño, pero…¡NO HA SIDO ASÍ! Al menos, no en la generalidad, porque tampoco voy a decir que no he recibido atenciones y muestras de solidaridad, pero la verdad es que, saliendo del círculo familiar y de amistad, éstas han sido raras y escasas. Yo juro y prometo solemnemente NUNCA tratar a una embarazada como si no lo estuviera, y hacerle la vida lo más confortable posible mientras esté en mis posibilidades, y darle mi lugar en la fila del baño. Y si no es así, que Karmatrón me lo reclame en ésta o en la vida que quiera.
  3. Quienes hacen las leyes, nunca han estado embarazados: En serio que no, y si sí, ya no se acuerdan. ¿Cómo es posible que en nuestro país una mujer con siete meses de embarazo siga levántandose a las 6 am o antes para salir a tomar el metro, el micro o para manejar y así llegar a su trabajo? ¿Neta no les parece demasiado riesgo? ¿Neta nunca han sentido ese cansancio, esas ganas de descansar la espalda, de subir los pies en un taburetito? A mí me queda claro que quienes legislan no saben lo que es el embarazo y mucho menos, la angustia que cierra la garganta de las mujeres al dejar a sus bebés de 45 días de nacidos en una guardería, con la abuela o con la vecina (claro, para volver a la chamba). Yo tengo la fortuna de trabajar desde mi casa y, aun así, los días me agotan. Mi respeto PROFUNDO y PERMANENTE para quienes, estando embarazadas, salen todos los días de su casa con esa panzota a ganarse el pan. (Y ojalá esto lo lea alguno de estos señores que legislan, nomás para que le de penita y sepa que el karma existe).
  4. Perder el control es parte del proceso: Uno de los aprendizajes más profundos que me ha dejado mi embarazo es, sin duda, acostumbrarme a perder el control de mi cuerpo, de mis reacciones y, hasta en algunos momentos, de mis emociones. Nunca había estado tan clara de qué tan poco control tengo en esta vida hasta que tuve la fortuna de tener otro ser vivo latiendo dentro de mí. Un ser que por supuesto yo no controlo ni aún ahora que se alimenta de mí; un ser que ya se muestra independiente, que se mueve cuando y como quiere, que me da pataditas o responde a la música. Si una no controla eso, ¿qué se supone que sí podría controlar en la vida? NADA.
  5. Mi clóset se ha convertido en una bonita zona de recuerdos: Pues no, ya nada me queda, y aunque así fuera, ya nada me acomoda al menos. Yo sería feliz vistiendo camisón las 24 horas del día, sin brassiere y por supuesto que con mis cómodos chones de maternidad puestos. ¿Mi clóset? ¿Mis vestidos? ¿Mis tacones? Se han convertido en una cajita musical que toca una melodía extraña cuando la abro, pero que hasta eso no me da nostalgia ni tristeza, porque sé que esos jeans que ahora parecen de quinceañera (pemítanme halagar mi cuerpecillo de no embarazada), volverán a mis caderas. Eso no me preocupa ahora, lo que sí da coraje son los comentarios de: “-Yo sólo subí kilo y medio en todo el embarazo, al otro día, fui de compras y era talla 2 de jeans”-. No hagan eso. Nadie les cree y si es cierto, entonces no tuvieron un bebé, estaban estreñidas y les dieron aceite de ricino. PUNTO.
  6.  Las personas se siguen asombrando cuando ven una panza enorme: Esta sí que es curiosa, porque a menos que los 7 mil millones de mortales que habitamos este planeta seamos extraterrestres o gestados en un laboratorio, que yo sepa todos estuvimos algún día alojados en una panza enorme como la que yo tengo ahora. Entonces, ¿por qué el asombro y las miradas fijas sobre las barrigas de muchos meses de embarazo? En lugar de ver con ojos de sapo, vendría bien si nos dan el asiento, si nos ceden el paso, si nos piden permiso para tocar la pancita, si nos hacen un cumplido. Eso sí que ayuda y reconforta. La verdad, cuando me sucede esto, prefiero pensar que gestar una vida nos sigue asombrando a la mayoría de los mortales por la belleza, el esfuerzo y la maravilla que es.
  7. De los consejos, como de la moda, toma lo que te acomoda: Yo he oído y analizado todos los consejos que me han dado y todos los agradezco, sin embargo, lo que sí me queda claro es que mi hija, Julieta, será única, y nos iremos descubriendo mutuamente en el camino, y hasta entonces sabré si la llevo a una escuela Montessori o a una regular. Su papá y yo tomaremos lo que nos haga sentido, y seguramente en el camino nos equivocaremos muchas veces, pero eso sólo será parte del proceso de descubrirnos como padres de una persona independiente, individual, que nos ha sido prestada con la gran responsabilidad de guiarla en la vida para que sea el mejor ser humano que pueda ser.

Pues sí. Todo esto salió de una de las decenas de visitas que hago al baño todos los días, donde me expuse, clara y frontalmente, al hecho irrefutable de que ya soy madre, y de que Julieta llegará en los próximos días y de que pronto la tendré en mis brazos y, seguramente, todo este cansancio y agobio serán multiplicados, pero si de algo estoy segura es que, cuando sus ojos se crucen con los míos, me sentiré la mujer más afortunada del planeta y sus alrededores.

 

Con respeto y amor para todas las mujeres que han dado o darán vida

Con admiración para quienes “ven el ruego y SI se hincan”

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