Los Dichos de la Abuela: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”

Mi abuela Camerina siempre tenía una respuesta para todo: era una mujer de carácter y físico fuertes, que paría a sus hijos en el patio de su casa agarrada de un árbol, que salía a defenderlos con machete si alguien se acercaba y que, nomás por pura vergüenza, no volvió al pueblo que la vio nacer por no tener la desdicha de toparse con su amor de juventud, quien en una desafortunada hora la hizo enojar tan fuerte, que terminó fugándose esa misma noche con mi abuelo, Don Marcelo Pancardo, directa a tener seis hijos, remendarle los calcetines y acompañarlo en sus sueños de artista…eso sí, medio muerta de hambre física y emocional por casi 20 años.

Mi abuela, como muchas personas, era un roble imposible de tirar

Creo que la vi llorar un par de veces (una de ellas fue cuando pensó, no sé por qué razón, que mi tío Carlos había muerto en un barranco a la media noche, tirado ahí por unos vándalos que quisieron robarle su reloj) y la segunda, cuando murió (ahí sí de a deveras) mi tío Marcelo, su primogénito, a quien alcanzó en sepa Dios qué plano dos años después.

 

A mi abuela, como a casi todos nosotros, mostrar su lado vulnerable le era incómodo

Y aquí quiero detenerme y definir la vulnerabilidad, pues cuando decimos que algo o alguien es vulnerable, nos referimos a que es plausible de ser herido o dañado, ya sea física o moralmente. Y cuando leo esta definición, me pregunto: ¿entonces, quién de los seres humanos podría quedar excluido de ella?

Mi abuela Came era igual de vulnerable que todos los seres humanos que existieron, existimos y existirán en este planeta, entonces… ¿por qué le daba tanto miedo serlo? ¿Por qué no se permitía abrirse, dar un beso a sus hijos, llorar de impotencia y de felicidad? ¿Por qué negaba tanto esa necesidad de intimidad emocional?

 

La respuesta, aunque simple, es muy profunda: POR VERGÜENZA

Sí, porque a pesar de que la conexión con los demás es la principal razón por la que estamos aquí, por la que vivimos una experiencia física y no nos quedamos como querubines tocando el arpa en algún otro plano, la realidad es que esta parte de ser frágiles, de mostrarnos a los demás como realmente somos y de manejar el peso de ser mortales y débiles física y emocionalmente, nos avergüenza mucho y entonces, nos pasamos negando, ocultando esta parte vulnerable que, irónicamente, es compartida e igual de intensa para cada persona con quien nos crucemos en la vida. Queremos mostrarnos (y que nos vean, por supuesto) fuertes, controladores, ambiciosos, de una pieza…y aquí me remito al dicho de mi abuela que rezaba:

 

“Dime de qué presumes, y te diré de qué careces”

Nos avergüenza ser vulnerables, pensamos que hay algo en nosotros que si los otros conocen o ven, nos hará no ser dignos de conexión y empatía, nos llevará al: “no soy suficientemente buen@” y claro, como queremos ser “suficientes” en todas y cada una de las áreas de nuestra vida, lo medimos todo con la vara de la precisión, la rigidez, la inflexibilidad y el secado de lágrimas cuando éstas se asoman… (¿Por qué nos dará tanta pena llorar?).

En la lucha de ser perfectos y no perder “nuestra imagen”, lo que vamos perdiendo en realidad es la capacidad de conexión con el otro, de verdadera empatía. Salimos con muchas personas, estamos en miles de redes sociales (en donde mostramos sólo lo bueno, lo glorioso y lo vanidoso, no me lo van a negar), pero lo que nos mueve verdaderamente, aquello que nos apasiona o que nos duele o que nos pesa, eso lo mantenemos encerrado, como un animal que nos da vergüenza y que somos incapaces de controlar. Entonces es más fácil apartar esas emociones con miles de “amigos”, con una copa, con un cigarro o con un muffin de chocolate, que para el caso da lo mismo, pues al no compartir y dejarnos ver como realmente somos, nos volvemos una “bomba” que acaba reventando en enfermedades, frustraciones, traumas, obesidad, etc.

 

Y así le vamos quitando el saborcito a la vida…

Porque al perder la conexión con nosotros mismos, por ende la perdemos con todos quienes nos rodean, así vivamos con ellos. Presencia no significa conexión, ni mucho menos entendimiento. Por supuesto que es más fácil engañarnos pensando que lo que hacemos no tiene impacto en los demás, que vivimos en una burbuja…porque además de todo, nos da también miedo “regarla” y tener que disculparnos, pues eso nos convierte en seres aún más vulnerables, aún más falibles (¿y qué no somos así todos, digo yo?).

 

Pese a todo, para ser vulnerable, hay que tener coraje

Coraje para explicar la historia de quiénes somos con todo nuestro corazón; coraje de sabernos y mostrarnos imperfectos; coraje para compartir y expresar nuestro espíritu; coraje para enseñarle eso a nuestros hijos, para disculparnos y para arriesgarnos sí, a ser heridos, pero también a aprender de ello y con eso, realmente SENTIRNOS VIVOS.

Con los Pancardo, mi abuela Camerina sigue siendo, después de 17 años de muerta, un ejemplo de una persona sí luchona, sí fuerte, sí decidida, pero inviolable, intransigente, con un carácter que hubiera hecho temblar a Hitler…en fin, una persona INVULNERABLE, cuyos verdaderos sentimientos nadie los supo, pues con nadie los compartía, con nadie se DEJABA VER.

Y que conste que no escribo este post para juzgar el comportamiento de mi abuela (a quien a pesar de todo, yo recuerdo con amor y ternura), sino que me ha parecido un buen ejemplo de cómo el miedo a ser vulnerables nos lleva justo a la desconexión, a apartarnos de nuestra humanidad. (Además, tampoco voy a negar que escribo sobre ella porque sé que tampoco me va a venir a regañar, je je).

 

¿Qué te regala el mostrarte vulnerable?

Ser vulnerable significa conexión

Ya hablamos mucho sobre el resultado que obtenemos al mostrarnos invulnerables… ¿y si cambiáramos? ¿Y si nos atreviéramos? Yo te regalo mis reflexiones sobre lo que creo puede regalarnos en nuestra vida el hecho de mostrarnos vulnerables:

  • Intimidad: Permitir que los demás nos vean realmente. Dejar que los otros se muestren REALMENTE. Abrir paso a la conexión de mente, emociones y espíritu. ¿Hay algo más genuino que eso?
  • Seguridad: A pesar del aparente estado de fragilidad que nos brinda el hecho de ser vulnerables, el saber que el otro nos escucha y encontrar puntos en común, nos brinda seguridad, pues compartimos mucho más allá que unos buenos tragos.
  • Conexión: Sentirnos parte del otro, sentir que entendemos al otro y viceversa; sentir esa humanidad en los poros y dejar que fluya y aprender de ella.
  • Salud: Alegría, buen humor, empatía. Porque si de verdad nos compartimos y dejamos a los demás hacer lo mismo, no tendremos que ir a buscar consuelo en el refrigerador, o con desconocidos, o con vicios y excesos de cualquier tipo. Fluiremos con la vida y con los demás.
  • Valentía: Atrevernos (¿por qué no?) a decir “te amo” primero, a hacer algo donde no hay garantías, a avanzar en una relación y arriesgarse con la premisa de que puede o no salir bien. Ser valientes y tener el coraje suficiente para VIVIR.
  • Autoconocimiento: Sabernos suficientes e imperfectos nos quita un gran peso de encima y da la entrada perfecta para el autoconocimiento. Dejo de gritar quién soy, dejo de tener la necesidad de que me vean y comienzo a escucharme y a escuchar a los demás.

¿Te animas a mostrarte vulnerable?

Si aún no y estás indecis@, tal vez Brené Brown, una investigadora humanista que ha dedicado más de una década a investigar sobre la vulnerabilidad, pueda ayudarme a convencerte. Sinceramente, una charla imperdible: http://www.ted.com/talks/brene_brown_on_vulnerability

 

Y ahora te invito a ti a mostrarte, a comentar, a compartir…

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