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Los Dichos de la Abuela: “Como te ven, te tratan”

“-Ay, qué gordo está eso”- Fue el primer comentario que mi tía Esperanza le hizo a mi mamá refiriéndose a mí después de tres años de no verme, durante los cuales, engordé a tal punto de tener cachetes brillantes cual carrocería de auto del año (con todo y llantas Michelin repartidas por el cuerpo, por supuesto), una carita perfectamente redonda sin espacio para el cuello y claro, muchos traumas y sentimientos encontrados por encontrarme en ese estado.

Para entonces, yo tenía apenas nueve años de edad, sin embargo, debo confesar que el comentario de mi tía pesó en mí tanto o más que los gordos Michelin que me acompañaron durante todo ese tiempo, uniéndose por supuesto a decenas de comentarios más que degradaron por muchos años mi autoestima y que terminaron por arraigarse tan fuerte en mí, que terminé creyendo firmemente en aquél Dicho de mi Abuela que para mí era tan real como los tacos al pastor:

“Como te ven, te tratan”

Lo cual resonaba en mi cabeza durante aquellos ayeres, opacando obviamente todos los dones y talentos naturales que también estaban en mí, dándole ese peso irreal a mi imagen y degradando con ello no sólo mis capacidades, sino la vida misma. Recuerdo pensar: “-¿y para qué hago esto o aquello? Seguramente no voy a poder competir con alguien que luzca mejor, independientemente de qué tan bien yo lo haga-.”

Una catástrofe, una novela de García Márquez, un drama, digo yo…

Porque claro, los gordos Michelin siguieron conmigo hasta la adolescencia y bien entrada la juventud, hasta que me di cuenta que yo podía controlarlos y no sólo eso, sino ¡también eliminarlos! (ñaca, ñaca), y entonces un buen día decidí ir con una nutrióloga que me enseñara a comer, que me mostrara por qué tanta gente decía que los nopales, el brócoli y la zanahoria sabían bien, que me diera pautas para querer y disciplinar mi cuerpo, para ir educándolo mientras, al mismo tiempo, educaba sobre todo mi mente y mis emociones al respecto.

Y sí, después de cinco meses de constancia, perdí 15 kilos

No, fácil no fue. Y cuando la gente me pregunta –“¿cómo le hiciste?”- lo único que puedo responder es la neta del planeta: aprendiendo a comer, enseñando a mi cuerpo que una dieta no es cuestión de un día, ni de dos, ni de diez, que más bien consiste en una serie de hábitos que son de por vida, ¡que ESTÁ BIENcomer y disfrutarlo! Y que nadie (¡por vida de Dios, no!) tiene la obligación de privarse de una buena tajada de pastel de tres leches por cuidar unos gramos en la báscula. Pero sobre todo, lo que más aprendí en aquella época fue que:

1. Las emociones se convierten en sobrepeso

¿Comes por ansiedad?

Cuando entendí que mi sobrepeso se debía en gran parte a la retención de emociones desde mi infancia, a no decir lo que pensaba y sentía, a sentirme triste y frustrada, a cargar con responsabilidades que no eran mías…cuando entendí eso, mi cuerpo también lo entendió y comenzó a “drenar” lo que no necesitaba, lo que ya se podría y se acumulaba dentro de mí.

2. No hay dietas milagro, sólo gente desesperada: unos por vender, otros por adelgazar

Las dietas milagro no existen

Desde la dieta de la luna hasta la de la sopa, todas son opciones desesperadas, regímenes ridículos que obligan al cuerpo a mantenerse con un solo tipo de alimento (o haciendo rituales que Dios guarde la hora), y que tienen como consecuencia el famosísimo rebote. ¿Y cómo no, si las emociones no han sido sanadas, si las percepciones sobre la belleza siguen siendo las preconcebidas, si queremos todo peladito y en la boca? Así, sólo hacemos ricos a quienes inventan estas dietas… ¿y nosotras? Cada vez más enojadas, más frustradas, más desilusionadas…

3. El ejercicio es tanto o más bueno que un pan dulce

Siempre hay una opción para ejercitarte

Sí, yo también era de las que huía en la clase de educación física, la que era pésima en todos los deportes (vaya, ni en la matatena la libraba), y rechazaba todo tipo de ejercicio por dos razones principalmente: la primera, que me sentía ENORME y pesada, y la segunda, que me creía súper torpe y como eso pensaba, eso era lo que sucedía a la hora de jugar, encestar el balón o meter el gol. Obviamente no voy a decirles que después de todo el proceso me convertí en la atleta que México esperaba, pero entendí que, si no me sentía cómoda en los deportes de grupo, entonces debía buscar otras opciones en solitario. Ahí fue cuando comencé a correr y a nadar y ¡ah, qué alivio! Eso sí que me gusta, eso sí que lo hago a mi ritmo y ¡eso sí que me funciona!

4. No conozco a ninguna chica que parezca (o sea) modelo de revista

Cánones irreales de belleza

Y por Dios que las he buscado, pero no: ni mis amigas, ni mi tía Esperanza, ni mis maestras, ni mis compañeras de trabajo. ¡Y todas son bellas! Aquí la pregunta del millón sería: Si las chicas de revista no son parte de nuestra cotidianeidad… ¿Por qué diablos queremos parecernos a ellas? Y eso sin contar el photoshop, que bastantes favorcitos le hace a sus carnes…(o mejor dicho, a sus huesos, porque de carne les queda poco).

5. ¡Cada quien sus formas y sus curvas!

¡Cada quien sus curvas!

Al momento (y después de tantos años de martirio por acomodar las carnes, las formas, los huesos), sigo sin entender por qué queremos estandarizarnos. Nos preocupa que la vecina tenga más o menos cadera, que nuestra cintura sea de menos de 60 centímetros, que aquélla no tenga gordos en la espalda, que si la otra tiene cara de muñeca, etc., etc. ¡Como si todas hubiésemos venido del mismo padre y la misma madre para ser iguales! ¡Pues si no nos hicieron en masa, oigan! Yo ahora valoro tener el busto pequeño y las caderas amplias, porque ya entendí que, a menos que me muera de hambre y me practique cirugías, así es mi genética, así es mi cuerpo y así lo amo y lo cuido. No tengo por qué parecerme a nadie, ésta soy yo y así soy perfecta. ¡PUNTO!

¿Te identificas?

Si es así, entonces ojalá mi experiencia sea útil para ti, para reflexionar y conocerte más a fondo simplemente porque vale la pena hacerlo, porque eso te quitará pesos innecesarios que no sólo llevas en el cuerpo sino que están arraigados en tu alma, en tu corazón y en tus emociones. Cuando te deshagas de eso y te des cuenta de qué hay ahí dentro acumulado, entonces podrás comenzar a limpiar tu cuerpo, y entenderás cómo funciona, y lo amarás de forma tal que querrás cuidarlo…no para verte como las modelos de revista ni como la vecina, sino para verte como la mejor versión de ti misma, para llenarte de endorfinas y sentirte así o más guapa en ese vestido negro, sin importar la talla que sea. Y esto te lo dice una mujer embarazada de casi nueve meses, con 12 kilos de más encima… (eso sí, una mujer feliz, plena y en perfecto estado para dar a luz a su hija en las próximas semanas).

Y si todo esto no te convence, échale un ojo a estos links:

  1. Experimento con cuatro mujeres acomplejadas por la forma en la que lucen: Se le pide a cuatro mujeres posar para una sesión profesional de fotos, las cuales fueron luego editadas en photoshop para que parecieran modelos de revista. Mira sus reacciones al ver el resultado: http://www.youtube.com/watch?v=Rh-cLLs_Hrk
  2. Las cirugías estéticas más raras: Por si pensabas que la cirugía es la opción, checa hasta dónde hemos llegado (¡de terror!): http://de10.com.mx/salud/2013/las-10-cirugias-esteticas-mas-raras-del-mundo-15842.html
  3. Foto experimento: Una chica manda su foto a editores de photoshop de 25 países para que la editen de acuerdo a su ideal de belleza. El resultado nos comprueba que la belleza es taaaaan subjetiva: http://www.estherhonig.com/#!before–after-/cvkn

Y tú… ¿cómo has vivido la experiencia de enfrentar los estándares de belleza irreales que nos venden?

Déjame tus comentarios, ¡me encantaría leerte y saber que no soy la única!

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