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El que a muchos amos sirve, con alguno queda mal

Mi abuela Camerina y muchas mujeres de hace 30, 40 o 50 años, tomaban la maternidad como algo tan natural que viene intrínseco con el hecho de ser mujer, una condición sine qua non que se asume por el sólo hecho de ser parte del género femenino, que no se discute, que no se plantea y que para nada se cuestiona. Eres mujer, te casas, te pones a cocinar y a parir. Fin de la historia.

Pero las mujeres de ahora ya tenemos otros roles, otras responsabilidades que hemos asumido ya sea por decisión o porque no tenemos más opciones. Ahora no sólo somos reproductoras, sino también productoras. Salimos a trabajar, nos cuestionamos qué queremos hacer de NUESTRA vida, cómo nos vemos en 10 años y sí…además nos preguntamos si queremos ser madres y si sí, cuándo, con quién, cómo y por qué.

Yo la verdad siempre tuve claro que quería ser madre, lo que no sabía era cuándo y con quién. Tampoco sabía cómo iba a hacerle para compaginar mi vida personal, laboral, social, académica y todas esas otras vidas que las mujeres tenemos ahora (muchas veces más de las que humanamente se pueden manejar), sin embargo, tenía fe en que cuando llegara ese mágico momento los astros se iban a alinear, un ángel me iba a avisar o, simplemente, iba a estar absolutamente segura de que ése era el tiempo perfecto para traer al mundo a otro ser humano.

Evidentemente no fue así

Porque momentos perfectos no hay. Yo, como cualquier otro mortal, simplemente trato de calcular pros y contras para la toma de decisiones, pero por más que una aplique su método FODA, pues con esto de la vida simplemente como que no funciona.

Total, que Julieta (mi hija), nació hace casi diez meses, el mismo tiempo que me ha llevado escribir este post. Decidí no hacerlo antes porque estaba en plena “investigación de campo”, poniéndome a mí misma (y por ende a ella) como conejillos de india para estudiarnos tratando de responder a la siguiente hipótesis:

¿Es verdad que la maternidad es compatible con el trabajo, la vida de pareja y social,
la individualidad, el cuidado de una misma, las aspiraciones personales
y profesionales y un largo etcétera más?

Y aunque por el título de este post todos conocerán ya la respuesta, permítanme al menos exponerles la justificación, que es donde el chisme se pone bueno, pues no es lo mismo saber una respuesta seca y plana, que ponerle el aderezo que brinda la experiencia humana contenida, ¿a poco no?

Bien, pues resulta que, como muchas mujeres, yo esperaba que los primeros meses de vida de mi hija serían caóticos y cansados para mí; sabía perfectamente que iba a dormir poco, que la panza de embarazada se iba a quedar instalada un buen rato y que no iba a tener tiempo ni de hacer pipí como Dios manda. Había leído muchos blogs, escuchado a muchas madres, engullido artículos sobre maternidad, reflujo, marcas de pañales y biberones.

Sin embargo, algún punto romántico en mi cerebro prefería creer que, después de los tres primeros meses (tal vez cuatro, vamos a darle chance, pensaba), eventualmente iba a dormir mejor, comer mejor, bajar de peso (puesto que ¡claro! Todas, hasta Scarlett Johansson, dicen que la lactancia es LA ONDA para perder todos esos kilos ganados) y en esa línea de pensamiento creía también que después de esos primeros meses podría de nuevo integrarme a mi trabajo como escritora y conferencista, que iba a tener oportunidad mientras mi Julieta, tan sonrosada y bella, dormía plácidamente sus 14 horas diarias. ¡Vaya! ¡Resulta que entonces hasta me iba a sobrar tiempo!

Pues no. Mi realidad ha sido diferente. Y que conste que no hago de lado la verdadera MARAVILLA que ha sido para mí ser madre desde el mismo día que la crucecita de positivo me salió en la prueba de embarazo. Yo fui feliz ahí, lo fui durante todo mi embarazo (ok, tal vez en los últimos dos meses no era taaaaan feliz con esa panzota, pero sí con esa vida contenida en ella) fui feliz en el parto y sigo siendo feliz hasta este mismo momento, en el cual mi hija está sentada frente mío, jugando con su cajita roja de plástico, metiendo y sacando muñequitos, dedicándome una sonrisota cada vez que nuestras miradas se cruzan.

¡Pero es que este artículo NO TRATA sobre la felicidad de ser madre! (Ése se los escribo luego, cuando mi niña cumpla un año). Aquí estamos hablando sobre la incompatibilidad de ser madre con ser tooooodo lo demás, y cuando digo todo, es todo: como bien reza el dicho de mi abuela:

“El que a muchos amos sirve, con alguno queda mal”

Yo sí. Yo he quedado mal con muchos amos, incluso con aquellos que antes eran primero que todo y que todos, aquellos que se refieren a mí misma. Yo sí siento que mi maternidad no es compatible con casi nada. Yo he tenido que encontrar tiempo donde no lo hay; he tenido que comprar tiempo de otras personas para tenerlo yo; me he enojado con las personas a mi alrededor por no cuidar de Julieta un par de horas y permitirme dormir, o escribir, o darme un baño.

Que conste también que mi experiencia pues es eso, única, propia, y que seguramente es diferente a la de muchas, pero también casi seguro es similar a la de otras miles o millones, así que si tú lo lees y no es para nada tu caso, ¡pues felicidades! Eres del 0.00000000000001% que sí puede compaginarlo todo, y no solamente que puede, sino que siente que no sacrifica nada al hacerlo, que juega todos los roles y que en todos se siente satisfecha, plena, muy mujer y también muy madre.

Yo soy de las otras, de las que rascan minutos, ; de las que comen al último y frío, de las que corren para todos de lados, de las que escriben mientras cuidan que su bebé no se caiga de la cama…

Me ha dado mucho coraje leer y escuchar artículos, chismes, experiencias y demás sobre “la compatibilidad entre la vida laboral y familiar de las mujeres”…Eso no existe, ¡no señor!, no nos sigan vendiendo esas historias. Las mujeres casi siempre dejamos algo de lado, casi siempre nos sentimos culpables porque si trabajamos, el niño o la niña se queda en la guardería o con la abuelita, y nos mata la angustia de pensar que, mientras ganamos unos pesos, nuestro retoño ha reído, bailado, probado la manzana y mandado un beso por primera vez. Por el contrario, si nos quedamos en casa, dejamos de lado nuestra vida profesional, aquellos años de estudio para dedicarnos a lo que queríamos; dejamos la quincena, los tacones, el reconocimiento y el alaciado permanente. Las amistades, las tardes de café y el estúpido privilegio de un baño tibio de más de cinco minutos.

Casi siempre dejamos algo de lado, sin importar la decisión que tomemos

¡Vaya romanticismo éste de la compatibilidad entre la vida laboral y familiar! Y es que, ¿saben qué? Los que se lo inventaron se olvidaron que las mujeres no tenemos sólo estas dos vidas, las mujeres somos de múltiples vidas, no sólo las que se resumen a cuidar niños y ahora también, a trabajar y ganar dinero.

Yo, en estos casi diez meses, me he dado cuenta que la maternidad (MI maternidad, al menos), es incompatible con trabajar, con dormir, con alimentarme, con asearme y con sentirme sexy. Ahora, ¿lo hago? ¡Claro que lo hago! Sigo comiendo y durmiendo, y trabajando y arreglándome el cabello. Lo que no me gusta es que me quieran vender la idea de que esto de la compatibilidad de una mujer como madre con todas las demás áreas de su vida es algo NATURAL, porque no lo es. La compatibilidad LA BUSCAMOS las mujeres, y por eso medio la alcanzamos, pero ¿natural? Natural es algo que fluye queramos o no, hagamos o no esfuerzos y esto, señores y señoras mías, es tan natural como lo güero de Michael Jackson, y requiere no de mucho, sino de INCOMPARABLE esfuerzo.

Porque yo sigo siendo yo. Una persona a quien le gusta trabajar, sentirse productiva, perderse escribiendo, ganarse los pesos. Una mujer que también quiere verse linda para su pareja. Y sí, yo he decidido que la crianza natural (que incluye el colecho, la lactancia materna a demanda y otras cosas) es lo mejor para mi hija y contemplando que será bebé por tan poco tiempo, QUIERO hacerlo. ¿Aún así me genera conflicto? Pues sí, aún así, porque con toda esa filosofía y palabrería romántica de que iba a poder combinarlo todo, pensé que tal vez podría ser cierto y héme aquí confesándote que no, que para mí la maternidad NO ES COMPATIBLE con casi nada de lo que las mujeres queremos o somos responsables de hacer hoy en día.

Tal vez la solución sería querer menos, desear casi nada, perdernos en nuestra maternidad y que el cuerpo, el marido y el trabajo tomen el rumbo y la forma que quieran, mientras nosotras amamantamos, protegemos, cuidamos y guiamos a ese ser indefenso que no entiende de egos ni de prioridades, y que sólo quiere una cosa las 24 horas del día: el calor de su mamá.

Yo no lo sé. Yo llevo diez meses tratando de estar medio bien en todos los ámbitos. Escribo y cambio pañales; doy conferencias y amamanto; cocino y genero proyectos. Lo hago todo, pero siento que no lo hago bien, pues siempre tengo esa sensación de estar dejando algo de lado: ya sea a mi hija, a mi trabajo, a mi pareja o a mí misma.

La compatibilidad la buscamos y la trabajamos las mujeres. No nos la regalan. Así que féminas y varones, cuando veamos a una mujer criando y además trabajando y además cocinando y además arreglándose el cabello, mostrémosle respeto, empatía, una sonrisa cómplice que le indique que sí, que sabemos que se esfuerza, que lo hace todo, que lo quiere todo y que se parte en mil pedacitos todos los días.

¿Natural?

Natural mis ojeras.

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