“A palabras necias, oídos sordos”

Mi abuela Camerina nunca se refería a alguien como “gorda”, su palabra favorita para esto era “rolliza”. Así me decía a mí cuando le preguntaba si estaba subida de peso, si me veía bien, si no se me salían las lonjas:

“¡Que no estás gorda! Estás rolliza”– Me decía asomando todos los dientes, como sonriendo, como invitándome a aceptarme.

Yo me quedaba tranquila con esta respuesta, hasta que descubrí que “gorda” y “rolliza” eran sinónimos para mi abuela , y de esto me di cuenta cuando también describía como “rolliza” a la vecina que pesaba como 120 kilos.

Por esa época comenzó mi lucha contra el peso, pues vengo de una familia donde la belleza física es altamente estimada. Mi abuela, mi mamá y todas mis tías han repetido desde que tengo uso de razón lo guapas que eran de jóvenes y cómo combinaban la bolsa con los zapatos y el cinturón, y cómo los hombres babeaban cada vez que ellas entraban a un lugar, pavoneándose como diosas inalcanzables para aquellos simples mortales.

Yo, en mi calidad de “rolliza”, siempre pensé que esa belleza física de las Pancardo me había sido negada, que la genética conmigo había hecho una GRAN excepción y que simplemente tenía que destacarme por otras cosas, que por supuesto no incluían una cabellera de hilos de seda y un cuerpo de botella de Coca-Cola.

Me llevó muchos años, lágrimas, dietas y depresión darme cuenta que mi valía no radicaba en una herencia estéticamente perfecta, que no importaba cuánto pesaba ni tampoco que no entrara en los vestidos de juventud de mi mamá, y que ese estándar de la mujer perfectamente maquillada, esperando que los hombre se le arrojen como perros para que después las mantengan, simplemente no iba conmigo. Así que, con las mujeres de mi familia y con el mundo, apliqué el Dicho de mi Abuela que reza:

“A palabras necias, oídos sordos”

La pregunta es: ¿por qué las mujeres tenemos que cumplir el estándar de nuestra familia, pareja, de la sociedad, del jefe y de un largo etcétera más, en lugar de cumplir con nosotras mismas? ¿Por qué hacemos caso de palabras necias y nos dejamos llevar para ser como alguien más nos dice que DEBEMOS ser?

Porque, féminas mías, las mujeres (y en general todos los seres humanos), no TENEMOS QUE hacer nada que no nos guste, que no nos haga felices, por más que estos estándares sean impuestos por las personas que más amamos en el mundo.

Después de 35 años y de pelear mucho con la idea de no ser perfecta y no encajar en el patrón de las mujeres Pancardo (a quienes, por cierto, ahora veo como mujeres bastante normales, nada de bellezas divinas), estas son las 12 COSAS QUE CONSIDERO DEBEMOS DEJAR DE HACER LAS MUJERES:

  1. Pensar que un número nos define: ya sea la talla, el peso, las medidas, la altura o la edad. ¿Por qué nos limitamos a evaluarnos con números estándar, como si fuésemos una fórmula matemática? Todas somos diferentes, y nuestros números también.
  2. Hablar despectivamente de las demás mujeres: y obviamente, de las personas en general, pero aquí me refiero a los términos que a veces usamos las mujeres para referirnos a otras, como: zorra,fresa, loca, mala madre, ridícula, etc, etc. Las mujeres nos debemos respeto unas a otras, nos debemos ayuda y solidaridad en un mundo que, aunque nos cueste aceptarlo, sigue siendo dominado por los hombres.
  3. Dejar de ponernos un traje de baño: cuando lo que en realidad queremos es que el sol penetre en cada poro de nuestra piel, cuando deseamos correr por la playa o nadar cómodas. ¿Por qué usamos esas playeras que parecen sacadas del clóset de Shrek? ¿Por qué nos avergonzamos de nuestro cuerpo al grado de sacrificar nuestra comodidad por lo que opinen los demás?
  4. Dar explicaciones sobre por qué tenemos o no hijos: el tema de la reproducción es muy personal. Quienes somos madres no tenemos derecho alguno de presionar a quienes no lo son por la razón que sea; las que no son madres no tienen derecho alguno de juzgar a quienes sí lo somos, diciéndonos que ya vendimos nuestra alma. Las mujeres  decidimos si queremos o no hijos, y ninguna es más o menos mujer por tenerlos o no.
  5. Llenarnos de compromisos, diciendo que SÍ a todo: nos quitamos tiempo valioso por “no quedar mal” con la amiga, con el jefe, con la pareja, con la tía que llega de Pátzcuaro a las 12 de la noche y nos pide que vayamos por ella. Dejamos alma, corazón y vida por los demás (y eso es bien bonito y romántico), pero… ¿qué hay del tiempo para nosotras mismas? Si priorizamos y decidimos a qué SÍ QUEREMOS comprometernos, podremos darnos de manera realmente honesta, desinteresada e íntegra. ¿Qué prefieres: dar trozos de ti o darte entera cuando así lo decidas? (Y si te cuesta trabajo decir que NO, te invito a leer otro de mis artículos: Cómo y Por Qué Decir que No)
  6. Permitir que alguien más decida por nosotras: tratando de arreglar muchos de mis traumas, hace años consulté con una psicóloga que, entre la mucha ayuda que me brindó, me dio una frase mágica que sigo aplicando hasta hoy: -“cuando puedas decidir, decide”-, me dijo. ¿Cuántas veces las mujeres respondemos a una pregunta con el clásico “como tú quieras”? ¿Por qué nos cuesta decidir desde el restaurante donde queremos comer hasta lo que deseamos para nuestra vida?
  7. Pensar que todo nos engorda: ¡y el resultado es que sí, todo nos engorda porque eso es lo que pensamos y aceptamos como verdadero! Dejamos de disfrutar un buen trozo de chocolate, el pastel de tres leches y la lasagna y, si nos los comemos, no podemos con la culpa. Disfrutemos la vida (que incluye el placer de comer), y también disfrutemos cuidándonos y eligiendo lo que deseamos que entre a nuestro cuerpo. ¡Fuera sufrimientos y conteo de calorías! (Te invito a escuchar mi podcast: ¿Por qué no bajas de peso?)
  8. Compararnos: a mí se me hizo costumbre a consecuencia  de la comparación constante con mis primas, mis tías y mi propia madre; a partir de ahí, no paré de compararme con las demás mujeres hasta muy tarde en mi vida. ¿Quién dice que DEBO tener la cintura de Thalía o la estatura de Charlize Theron? Yo soy Dora Pancardo, soy diferente a todas y, ¿sabes qué? ¡ME ALEGRO de serlo!
  9. Culparnos por todo: ¿te suena? A veces esto de sentirnos responsables de todo lo que sucede, de lo que piensan y sienten los demás y de si nos miran feo o bonito se convierte en un verdadero lastre que cargamos día y noche. Dejar de culparnos es liberarnos, soltar lo que no nos corresponde y, en su lugar, hacernos cargo de lo que SÍ es nuestro (para empezar, nuestras emociones y percepciones sobre nosotras mismas).
  10. Ponernos etiquetas: casarnos con un término o con un adjetivo sólo nos pone una pegatina en la mente difícil de quitarnos. Por eso yo me quedé con la etiqueta de “rolliza” por mucho tiempo, así como también compré la que decía “torpe”, y así me comporté por años. ¿Por qué no hacernos el regalo de reinventarnos si algo no nos gusta? Recordemos que sólo nosotras decidimos quiénes somos y cómo nos miramos; sin etiquetas, dejándonos ser y fluir.
  11. Adoptar la ideología de moda: “todo el mundo es vegano”: pues hay que ser vegana aunque muramos por un filete. “Todo el mundo corre maratones”, pues hay que entrenarnos aunque lo que nos guste es bailar. “Todo el mundo hace yoga”: pues hay que contorsionarnos, inhalar y exhalar aunque lo que verdaderamente quisiéramos es alinear nuestros chacras con una copa de vino tinto. Escuchemos nuestra voz interior, ella nos dirá qué nos gusta y nos hace felices.
  12. Permitir la violencia: ni qué decir de ésta, ¿verdad? Rechacemos la violencia en cualquiera de sus tipos: física, verbal, psicológica, emocional, económica.  Conozco mujeres que se quedan al lado de una persona sólo porque las mantiene, o porque las ha minimizado a tal grado, que no se sienten capaces de nada en la vida. Si permitimos la violencia, nos vendemos al otro, le entregamos todo el paquete, un paquete que nos pertenece y que está lleno de maravillas para nosotras mismas y para nuestros afectos.

En conclusión: las mujeres venimos en muchas tallas, medidas, colores y sabores, así que la próxima vez que alguien (o tú misma) quiera etiquetarte, violentarte o ir en contra de quién eres realmente, aplica nuevamente (como yo), el dicho de mi abuela:

“A palabras necias, oídos sordos”

¡Y a ser felices, señoras y señoritas!

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